sábado, 22 de diciembre de 2012

La soledad en Kenzaburo Oé. Comentario de Miguel Alonso

A la larga, todo es materia para el arte. Sobre todo la desdicha. La felicidad no, la felicidad ya tiene su fin en sí mismo, por eso casi no hay poetas de la felicidad(Borges)

"No hay nadie que haya jamás escrito o pintado, esculpido o modelado, construido, inventado, a no ser para salir del infierno". (Antonin Artaud)

Toda la trayectoria de la obra de Kenzaburo viene a concordar con la verdad de estas citas. Sabemos las circunstancias de su vida, y cómo los motivos que la inundan son, sobre todo, la desdicha producida por algunos encuentros trascendentales para su existencia, con su hijo, con su misterioso padre, y con el desprecio de su madre. 


El fondo del relato que nos ocupa es esa novela familiar plagada de locura. Desde él asistimos a un proceso de transformación, de liberación, y no sabemos si de libertad. Lo primero que me evoca es uno de los hechos más curiosos de nuestra vida anímica, el de que los hijos heredamos la culpa de los padres. Y particularmente, sobre el hombre gordo se proyecta esa culpa como una mancha de locura proveniente del Otro familiar, de sus dichos, de sus proyectos políticos –los del padre— de sus agravios –los de la madre. En el trayecto, el hombre gordo intenta descifrar esa herencia, cuál es el lugar que ocupa en ella y por qué la recibió. En el medio, la problemática relación con el hijo viene a ser el delirio que construye para sostenerse en la vida.   

Por el compromiso que Kenzaburo Oe asume en relación a su propia realidad y responsabilidad, me parece justo resaltar la carga ética que atraviesa el relato. Asume una dirección inequívoca hacia su propia soledad, eludiendo morales consoladoras, artificios redentores, posiciones misericordiosas, confrontándose al encuentro con el territorio real que le corresponde, esa soledad ineludible desde la que, quizá, pueda elaborarse algo vital. Es una forma de no resignarse a un destino marcado por el Otro.


El proceso de atravesamiento que realiza el hombre gordo nos deja ver, entre otras cosas, la gran distancia que media entre liberación y libertad. Liberación como despojamiento de una carga, y libertad como posibilidad de construir un mundo propio. Digo liberación porque así es como denomina al despojamiento de ese delirio que construye en la simbiosis con su hijo. Y digo libertad porque esa es la ambigua posibilidad que se abre en el final, una vez producida la liberación del padre, si es que ésta verdaderamente acontece.


Vemos perfectamente como una liberación verdadera implica, paradójicamente, un encuentro con el vacío de lo real. Llamativo resulta, en este sentido, el párrafo de la primera página:  


“... logró liberarse de una idea fija que hasta entonces lo había obsesionado; pero una vez liberado, una lastimosa sensación de soledad hizo encoger todavía más el alma pusilánime de aquel hombre gordo”.

Para ilustrar este advenimiento de la soledad tras la liberación, siento la solicitud de pronunciamiento por parte de uno de los poemas más extraordinarios de la gran poetisa gallega Rosalía de Castro: Unha vez tiven un cravo (Una vez tuve un clavo):

Una vez tuve un clavo
Clavado en el corazón
Y no recuerdo si aquel clavo
Era de oro, de hierro o de amor.
Sólo sé que me hizo un mal tan hondo
Que tanto me atormentó
Que día y noche sin cesar lloraba
Cual lloró Magdalena en la pasión.
Señor que todo lo puedes
Le pedí una vez a Dios
Dame valor para arrancar de un golpe
Clavo de tal condición.
Y me lo dio Dios, y lo arranqué
Pero ¿Quién lo iba a pensar?... Después
Ya no sentí más tormentos
Ni supe que era dolor
Supe sólo que no sé que me faltaba
En donde el clavo faltó
Y sé... sé que tuve soledades
De aquella pena... ¡Buen Dios!
Este barro mortal que envuelve el espíritu
¡Quién lo entenderá, Señor!

Magistral, magnífica Rosalía de Castro: “Supe sólo que no sé que me faltaba/En donde el clavo faltó”. En realidad, una buena parte del relato de Kenzaburo cabe en este verso. Y todo proceso de verdadera liberación, tiene cabida en este verso. 

Porque la soledad que aborda al hombre gordo liberado de la relación imperiosa con su hijo, es una figura que mora permanentemente en la vida de todo ser humano. Circula por detrás de las palabras, es la sustancia aprisionada en las soluciones fantasmales y delirantes, es el cimiento oculto de la realidad, y, paradójicamente, reaparece siempre por la ventana abierta de cualquier liberación. Repito, no hay que confundir liberación con libertad. Escribir como Kenzaburo es su forma de salvarse de esa soledad que rompe el cuerpo, y que no es más que un eco del infierno. Escribir como Kenzaburo es construir la libertad después de haber sentido la soledad más profunda.  

¿Donde encontramos la libertad, o la posibilidad de ella, para el hombre gordo? Creo que en el final de la novela. Aunque esa posibilidad se presenta de forma ambigua. No sabemos si el hombre gordo puede construir algún artefacto que le permita sostenerse en la vida, como anteriormente se lo permitía el delirio, o si caerá melancólicamente en el mismo encierro, en la misma locura que el padre.

Lo que sí podríamos pensar sobre Kenzaburo Oe, es que él sí supo construir la libertad en ese edificio vital que supone su obra. Al respecto, y como conclusión, evoco algo que se dijo el pasado martes 11 de Diciembre en la presentación de los libros de Ion Vianu y Matei Calinescu –este último también padre de un niño autista— y es lo siguiente:

Cualquier libro es una enfermedad vencida”. 

Miguel Ángel Alonso

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