sábado, 25 de mayo de 2013

Antonio comenta Austerlitz, de W. G. Sebald

En relación a esa concatenación metonímica, tan abundante en la novela, voy a tratar un posible lado crítico negativo de esta, evidentemente, genial y espléndida novela. Estoy de acuerdo en eso. Pero tengo que decir que, por primera vez en mi vida, he pensado que el síndrome que en psiquiatría se llama logorrea, esa compulsión inmoderada a hablar profusa y seguidamente, esa especie de delirio del lenguaje, empecé a pensar si esto podía darse en también en la escritura literaria. Pues el texto me parecía una especie de logorrea en la escritura. Empecé la novela con un buen ánimo, iba a leer nada menos que al más original narrador de nuestro tiempo, como dice en la contraportada. Pero en la página 30, tras haber pasado por las concatenaciones metonímicas, por las asociaciones de comentarios sobre estaciones, sobre monumentos, cúpulas, animales nocturnos, guerras, cuadros, museos, fortificaciones, etc., estaba abrumado. No sabía cómo organizar todo aquello, descrito con una prosa riquísima, fluida, abigarrada y sin un solo punto y aparte. De tal manera, tuve la impresión de que todo aquello me sobrepasaba, me desbordaba. Me he sentido continuamente abrumado por el peso terrible de aquel discurso de concatenaciones, derivas diversas y a miles. La novela alcanza unos niveles fantásticos de expresión sin pensar en el lector. Es decir, reconozco, por supuesto, la enorme facilidad literaria de Sebald, pero quiero confesar que lo de Austerlitz me obligó a rendirme.

Antonio 

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