lunes, 28 de septiembre de 2015

Homenaje a Alberto Estévez. Intervención de María Lizcano

La gente se muere, ocurre todos los días y seguirá sucediendo hasta el final de los tiempos”. Pero este peregrino mundo no cesa de girar.

Con esta sencilla evidencia, recogida de la boca del protagonista de “Un hombre en la oscuridad”, abrió Alberto nuestra segunda tertulia, dedicada a Paul Auster.
Y añadía: “Estoy solo en la oscuridad, me cuento historias que me evitan pensar en cosas que prefiero olvidar. Mis pensamientos derivan hacia las cosas que no quiero pensar. Invento historias para ahuyentar los fantasmas que me acechan. Pero, a veces, olvido lo que quiero recordar y recuerdo lo que prefiero olvidar”.
Y hoy,  aunque yo preferiría que no fuera así, nos reunimos aquí para recordar a Alberto. Yo diría que hoy, nos convoca la figura literaria de Alberto.

El primer día de la presentación de este espacio, nuestro compañero nos decía que el proyecto de Liter-a-tulia vio la luz gracias a un deseo que lo impulsó; el de Gustavo, el de Miguel Ángel, el suyo. Además, expresaba su confianza en que el saldo fuera positivo y estuviera pleno de interés. Hoy podemos decir que ese objetivo está cumplido con creces. Lo que en 2007 comenzó como una idea difusa, se pudo  materializar en octubre de  2008 y él nos habló de su satisfacción por poder presentar este espacio. Un lugar abierto al privilegio de darle la palabra al sujeto.

Más adelante, hablando del libro de Irene Nemerosky, nos dijo que la madre de Antoinette no se atrevió a jugar su propio deseo a la hora de organizar el baile. Contrariamente a ella, Alberto sí que se lo jugó. Se lo jugaba cada viernes, aquí, con nosotros.

También nos habló de la doble vertiente del deseo y de la incertidumbre de las primeras citas. Y nosotros, tuvimos el honor de dar juntos aquellos primeros pasos. Alberto, nos contaba mucho de sus sentimientos a lo largo de nuestras citas. Nos transmitía el sentido que daba a los relatos. Y a mí, eso me gustaba.

En relación  a la novela “La carretera”  nos habló del par belleza horror, como algo presente en la vida,  y nos decía que, en su caso, ese frío inhumano que invadía toda la obra también le alcanzaba a él, dejándole los pies helados mientras leía, porque sentía que cualquiera de nosotros podría ser el protagonista. Pero,  a pesar de las dificultades que surgían en esa escalofriante novela, Alberto nos dijo que le parecía una narración optimista. Optimista porque había fuego y ese fuego simbolizaba el deseo. Hablaba del fuego y del deseo como de algo que está en el interior de cada uno de nosotros y nos guía y nos ayuda a continuar. A seguir adelante.

Para mí, es evidente que  Alberto siempre sabía buscar el lado más optimista de cada relato. En otro hito de nuestro camino viajamos con el elefante del último libro de Saramago. Cuando Saramago estaba “entre esto y aquello” y en algún momento más próximo de “aquello que de esto” Alberto concluyó sobre ese viaje que si cada cual hiciera lo que puede, y respetara los sentimientos ajenos … el mundo sería mejor.

Considero que Alberto, a su manera,  contribuyó a dejarnos un mundo mejor: el del intercambio de las palabras, el de la escucha de los otros, el de los encuentros posibles.

Uno de los días que vino José María Merino, Alberto nos dijo que Lázaro resucitó porque le hablaron “de buenos modos”. Y aunque Alberto se haya ido y ya no pueda volver,  siempre nos quedarán sus “buenos modos” y sus palabras. Su ausencia evocará una cierta presencia en este espacio que alentó a nacer  y su recuerdo, y el entusiasmo que le caracterizaba, permanecerá entre nosotros cada vez que nos reunamos.

A mí, el recorrido con Alberto se me ha hecho muy corto pero me quedo con el buen sabor de haber sabido aprovecharlo.

Son curiosas las posibilidades que nos brinda el après coup. Por ejemplo nos permite rememorar que Alberto, en relación al relato de “Los muertos” de Joyce,  subrayó que es “mejor pasar audaz al otro mundo en el apogeo de una pasión  que marchitarse consumido funestamente por la vida”.

Acabaré evocando el poema del poeta andaluz Juan Peña inspirado en esta historia de Dublinesses:

Pese a la enfermedad,  la desgracia, el cansancio
Llevar en la mirada una pasión,
Que la vida nos duela,
Que sea frágil y hermosa, como una nieve oscura
Cayéndote en los ojos”.


María Lizcano

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